jueves, 24 de noviembre de 2011

cupido

La tarde estaba templada, invitaba a pasear y a Pablo se le ocurrió la idea de ir a pasear por las márgenes del riachuelo que cruzaba el prado cerca de su casa.
Tomó el camino que atravesaba la valla donde se enredaban los ibiscos que una mañana temprana había plantado hacía unos años.
Llegó andando con paso tranquilo, oyendo el rumor del suave airecillo que se levantaba casi todos los días a esa hora. Olió el perfume de la hierba fresca que le rodeaba mientras se acercaba al arroyo.
Entonces la vió, allí estaba ella, con su pelo largo y rubio como el trigo cayéndole en cascada hasta los hombros.
No pudo sino ir hacia ella contemplándola con deleite, mirando sus largas piernas, su pecho poderoso y a la vez cálido. La llamó suavemente y acarició sus hombros con ternura. Ella no respondió, solo lo miró con sus ojos color canela y fue hacia él con paso tranquilo y seguro. Cuando estuvo a su altura, Pablo tomó entre sus manos su precioso rostro y lo besó en la frente.
Sus ojos se llenaron de lágrimas por contemplar tanta belleza y solo pudo exclamar:
"ERES LA YEGUA MAS PRECIOSA QUE HE CONOCIDO EN MI VIDA"

1 comentario:

verdial dijo...

Muy bueno, me has sorprendido al final.
Está muy bien escrito, muy dulce y bien contado.

Un abrazo